Retazos de sol
Reseña
Hay libros que se abren como un cuaderno de caminatas —entre hojas, nubes, estaciones. Retazos de sol de Lissette Tampier es de esos. Un poemario dividido en tres movimientos —QUIMERAS, AMOR INEFABLE y NO TE DETENGAS— que no buscan deslumbrar ni declarar, sino posar una voz serena y sabia sobre las cosas pequeñas que nos sostienen: la contemplación, los sueños, el amor, la fidelidad a lo vivido.
No hay artificio. Tampier escribe desde una claridad que conmueve por su valentía: mirar lo cotidiano como si aún tuviera misterio. En esa luz, los versos avanzan como una caminata por un campo en silencio. Lo esencial: mirar las hojas, la noche, el mar del silencio. Como si mirar, de veras mirar, pudiera salvarnos.
Hay en su sencillez un pacto con el tiempo. Y también con la aceptación. La poesía de Tampier no teme nombrar la finitud ni rozar la melancolía, pero lo hace sin dramatismo, con esa ternura propia de quien ha conversado muchas veces con el dolor y ha aprendido a no gritarle, sino a invitarlo a sentarse.
Los haikus del final son un broche delicado: fragmentos de luz y silencio que flotan como pétalos, con esa sabiduría mínima que sólo la brevedad permite. Hay quimeras, sí, y lluvias, y mares, pero también paz, memoria, infancia. Todo eso que somos, aun cuando no sabemos cómo decirlo.
Retazos de sol es un libro para leer despacio, quizás con los pies en la tierra o con la ventana abierta. Un libro que no busca respuesta, sino presencia. Y lo logra. Porque la belleza, a veces, también es eso: la flor que se duerme, el niño que corre, la mirada que permanece.